El fomento a la lectura en las empresas, ¿para qué?

Leer literatura no sirve para mejorar las ventas ni para incrementar el desempeño de las empresas y, en la parte individual, tampoco es garante para el tan ambivalente éxito. ¿Para qué leer, entonces? Es más, para qué escribir si según se estima en pocos años tendremos un Armaguedón autoral consistente en habrá exponencialmente más escritores que lectores (Gabriel Zaid, 2009) dada las facilidades actuales para publicar. Quizá por acá venga una de las razones de porqué sea necesario habituarse a leer: para distinguir la buena literatura perdida entre aplastantes cantidades de basura.

Por otro lado por qué nos preocupa que nuestros niños no lean y prefieran otras maneras de entretenimiento y al mismo tiempo sospechamos también que quien lee literatura está perdiendo el tiempo. En la casa, en el trabajo, que lo vean a uno leyendo un libro le puede hacer acreedor a una frase que me ha tocado escuchar mucho: “ya que no estás haciendo nada, ayúdanos con esto”, y tengo que cerrar mi libro. En una organización en la que colaboré me preguntaron con insistencia porqué perdía mi tiempo estudiando una Maestría en humanismo si no me iba a servir para la vida real y mucho menos para alcanzar los KPI de la empresa. 

Quizá tenían algo de razón, por una parte existe la idea generalizada de que la lectura es un gran ejercicio para el cerebro, se pueden encontrar varios artículos sobre el tema, sin embargo, no es la única fuente de estímulo que nuestros cerebros pueden tener. Los mismos videojuegos pueden generar conexiones cerebrales y desarrollar habilidades con gran eficiencia. Defiendo que la lectura de literatura nos acerca a una expresión artística y acá podemos entrar en el tema de la apreciación del arte, dejémoslo ahí, es un medio accesible a las expresiones que realmente nos hacen humanos en el buen sentido humanidad significa. 

Para Harold Bloom (2000), leer “Importa, para que los individuos tengan la capacidad de juzgar y opinar por sí mismos…”. Mas, leer no hace ni mejor ni peor a las personas, tampoco necesariamente más inteligentes. Por otro lado, Jorge Ibargüengoitia (cit. en Juan Domingo Argüelles, 2007) decía que los beneficios de la lectura de obras literarias “son muy tenues. En lo moral, muy dudosos, y en cuanto al conocimiento de la vida, inaplicables.” 

El escritor Héctor Cortés Mandujano (2013), en su Casa de citas 133 menciona que renunció a la cátedra que impartía en una universidad porque su honradez ética le impidió reprobar a su alumnado puesto que tenían, a nivel licenciatura, un grado alto de analfabetismo funcional, es decir, en realidad no sabían leer, escribir ni pensar. No sólo eso, también varios profesores padecían de lo mismo. 

El asunto de la carencia del hábito de la lectura, de la poca claridad para plasmar ideas y de la falta de acercamiento a la cultura general tiene sus raíces profundas en la escuela, desde el kínder y, agrego, en el hogar. 

Al finalizar una plática sobre prosa poética en la que fui participante se acercó un padre de familia, me preguntó cómo podría hacer para que sus hijos leyeran. La respuesta es sencilla: “que lo vean leer a usted, si sus niños los ven leer y disfrutar la lectura hay una probabilidad alta de que se acerquen a ella”. Pero no es fácil ser ejemplo de algo que no se sabe interpretar.

Si ya de paso nosotros y los miembros de la organización tuvimos una formación deficiente en términos de formación literaria y artística, cómo podemos saber a qué libros o plataformas acudir para tratar de enmendar el asunto.

Volviendo al párrafo inicial y retomando la duda qué implanté a propósito: si la lectura en una empresa no incrementa las ganancias ni hace mejores ni peores a las personas, ¿para qué intentar fomentarla? 

El artículo de Héctor Cortés cierra citando a Daniel Pennac (Mal de escuela, 2009) quien habla sobre lo que le falta a la educación escolar para ser exitosa, por sobre la metodología, es “una palabrota”, que si se suelta “te linchan, seguro”: amor. 

No pretendo llegar a lo sentimental, “el amor tiene varios matices, se puede llamar aprecio”   (Cortés Mandujano, 2020), lo llamemos así para evitar el linchamiento. Dejando de lado el discurso utilitario, dado que el poder de la literatura es inmaterial, como sostiene Juan Domingo Argüelles (2007), el acto de estimular acciones que se dirijan a que los empleados de las organizaciones alcancen formación extra-laboral, como lo es el acercamiento a la lectura; que les reditúe en un crecimiento interno, personal y nuevas formas de entretenimiento saludable; debe ser porque los apreciamos sinceramente. Y si los apreciamos, tenemos que brindarles la oportunidad de acercarse a fuentes que los nutran y les ayuden a distinguir la calidad de sus lecturas. El recurso humano es aún fundamental en las organizaciones, debe estar claro que lo apreciamos, ¿o no?

Felicidades, si llegaste hasta acá leíste más de dos cuartillas y más de 960 palabras.

Referencias bibliográficas

(Las cuales como dice Juan Domingo Argüelles en ¿Qué leen los que no leen?: “que nadie tiene obligación de leer”, pero si te aprecias, inténtalo)

Argüelles, Juan Domingo. (2007). ¿Qué leen los que no leen?: El poder inmaterial de la literatura, la tradición literaria y el hábito de leer. 2a ed. Barcelona, España. Ed. Croma-Paidós.

Bloom, Harold. (2000). Cómo leer y por qué. Trad. Cohen, Marcelo. Barcelona, España. Ed. Quinteto.

Cortés Mandujano, Héctor. (2013). Casa de citas 133, Leer: ese tormento, ese placer.Diario digital Chiapas paralelo, 10 de septiembre de 2013. En https://www.chiapasparalelo.com, consultado el 28 de enero de 2020.

Zaid, Gabriel. (2009). Malthusiana. Letras libres, diciembre. P. 45

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